Lázaro Rodríguez González

 

Estoy seguro de que el nombre de Lázaro Rodríguez González no os dice nada, probablemente nunca hayáis escuchado nada de él, pero os prometo que merece la pena conocer su historia y valorar su importancia en lo relativo al tratamiento y cuidado de la salud mental en Valladolid.

Lázaro Rodríguez González nace en nuestra ciudad el 17 de diciembre de 1820. Hijo de un prestigioso cirujano, pronto se mudó a la casa de sus tíos por el fallecimiento de sus progenitores, quienes inculcaron al joven Lázaro su pasión por la pintura, hasta el punto que, tras pasar por las aulas de los más prestigiosos pintores vallisoletanos del momento, hace de este arte su profesión.

Entre cuadro y cuadro, y encargo y encargo, contrae matrimonio y también aprovecha el tiempo en otros menesteres supongo que más placenteros, convirtiéndose en padre hasta ocho veces, así que, buscando un complemento económico estable para dar de comer a tantas bocas, comienza a dar clases de Bellas Artes, aunque no por mucho tiempo, ya que, al no tener una plaza propia y no siendo precisamente Goya, se ve obligado a dejar su puesto tras la incorporación del profesor titular.

En el paro y con algún encarguillo artístico, da un giro de 180 grados e inicia los estudios de lengua latina y humanidades, que hoy día suena a paro de larga duración, pero no en esa época, cuando la cultura clásica era sinónimo de clase, y lo hace sin ser consciente aún de que lo realmente determinante en su vida iba a ser el puro azar, ya que su domicilio familiar estaba situado justo al lado del Hospital de Inocentes, dirigido en aquel entonces por quien acabaría siendo su gran valedor, Don Víctor Laza Barrasa.

Y aquí comienza el “spin off “sobre él.

Don Víctor, sacerdote de gran cultura, formación universitaria y, sobre todo, inquietudes y curiosidad, tras convertirse en director del Hospital de Inocentes inicia un camino de renovación en el tratamiento de las enfermedades mentales, tratando de conocer de primera mano, incluso a su propia costa, qué se hacía en otros lugares como Londres o París, capitales europeas donde el desarrollo científico se expandía en todos los ámbitos.

De esta forma, frente a los tratamientos existentes, que básicamente consistían en encerrar a los enfermos mentales en algún lugar donde no molestasen, y en caso de crisis, molerlos a palos, Víctor Laza decide cambiarlo todo de arriba abajo.

Ilustración de Tardieu que retrata el trato degradante a los enfermos con el que acabarían Víctor Laza y Lázaro Rodríguez


En primer lugar, dado el aumento del número de internos, no deja de dar la turra a la Junta municipal de Beneficencia para que le cedan un edificio más amplio y adecuado para el tratamiento de los enfermos, lo que finalmente consigue en 1847, cediéndole el Ayuntamiento de Valladolid el desaparecido Palacio del Cordón, un palacio de estilo gótico – mudéjar, que procedía del marqués de Aguilafuente, quien se deshizo de este edificio por “ciertos problemillas” con el pago de impuestos…

Por otro lado, introduce mejoras en la calidad de vida de los enfermos, mejorando su alimentación, cuidado y aseo, aumenta el personal, encarga a los internos algunas tareas sencillas, e incluso llegan a colaborar en las reformas efectuadas en su nuevo hogar.

Estas novedades introducidas por Don Víctor Laza, y sus buenos resultados, no pasan desapercibidos, despertando el interés de otros colegas por su trabajo, y siendo condecorado por la reina Isabel II, una encomiable labor que llevó a cabo hasta 1853, cuando se muda a Plasencia para tomar posesión de la canonjía de la catedral.

Una jubilación que para nada envidia a las de Telefónica, vamos…

Retirado Don Víctor, el centro en el que venía aplicando sus reformas queda huérfano, y tras pasar fugazmente varios directores, en 1857, Don Lázaro Rodríguez acaba siendo nombrado director del Manicomio con el apoyo y recomendación de Don Víctor Laza.

Ya fuera por “enchufismo”, o por tratarse de una persona más permeable a los consejos del antiguo director, a priori no parecía que fuera a ser la persona más idónea para revertir el empeoramiento de la situación en la institución, ya que desde que dejó el puesto su mentor, el número de enfermos había aumentado considerablemente, y el de personas encargadas de su cuidado había descendido, lo que se retomaron antiguas prácticas eliminadas, como el empleo de la violencia, las amenazas o los castigos físicos, ya que su única formación era la de Bellas Artes y Humanidades, lo que le ocasiona las primeras críticas de futuro archienemigo Don Lucas Guerra Franco.

Sin embargo, saltó la sorpresa en Las Gaunas.

Don Lázaro Rodríguez tenía las ideas muy claras, y en cuanto puso un pie en el Hospital de Dementes, adoptó una serie de medidas que iban a cambiar el tratamiento de los enfermos mentales en Valladolid, e iba a influir decisivamente en el de toda España.

Aumentó el personal del centro y, mejorando las capacidades de los profesionales, instauró una especialización en sus funciones, mejoró la alimentación e higiene de los internos y les atributó funciones dentro del hospital, prohibiendo definitivamente los tratos degradantes que venían sufriendo los enfermos, e iniciando una serie de reformas en el edificio que ocupaba el Hospital de Dementes para dotarlo de patio ajardinado, huertos, corrales, baños, juego de pelota, mesa de billar, sala de lectura…

El resultado de este cambio de perspectiva no se hizo esperar, ya que en tan solo cuatro años al frente de la institución, las altas por mejoría de los enfermos aumentaron significativamente, y el estado mental de aquellos que permanecían internos, mejoró con creces, lo que supuso que sus métodos y, sobre todo, sus resultados, llamaran la atención de la reina Isabel II y de la comunidad científica española, que empezaba a sentir curiosidad por lo que estaba pasando en Valladolid.

Este éxito rotundo hizo aparecer con toda su fuerza la ancestral tradición española de la envidia en forma de malintencionados comentarios públicos y artículos periodísticos en los que se le acusaba de aprovecharse del trabajo de otros, de ser un enchufado, de no saber lo que hacía al no tener la formación adecuada para dirigir el centro…unos odios que no le hacían ninguna gracia al bueno de Don Lázaro, pero que no impidieron que siguiera con sus ideas.

Cierto era que Lázaro Rodríguez no venía con un título de medicina cum laude por la Universidad de Oxford, ni tenía colgado en la pared un master de Harvard, pero tenía algo mucho más importante.

La capacidad de observar.

Gracias a ello, entendió rápidamente que crear un ambiente tranquilo, buscar que los internos se encontraran distraídos y ocupados, y recuperar su “humanidad”, producía una mejora en su estado de salud y los preparaba para una vida fuera del centro, una vez recuperados.

Como curiosidad, para que os hagáis una idea de la modernidad de las técnicas de Don Lázaro, durante la semana santa organizó una excursión de internos para visitar las diferentes iglesias de nuestra ciudad, y fue tal la sorpresa que se llevaron los vallisoletanos de mediados del siglo XIX al comprobar el comportamiento, el respeto y la devoción de los enfermos durante esta excursión, que incluso El Norte de Castilla recogió este hecho como una noticia de relevancia.

Hoy día vemos este tipo de cuidados y técnicas de recuperación de la salud mental como elementales, pero no perdáis la perspectiva, aún nos encontramos iniciando la segunda mitad del siglo XIX, y en contraposición con los tratos inhumanos y degradantes que, por desgracia, seguían siendo la regla general en el ámbito de la psiquiatría, en Valladolid estábamos en la cresta de la ola, siguiendo los métodos más modernos a nivel mundial, y Don Lázaro no dejaba de interesarse en las novedades científicas para impulsar nuevas reformas en su centro.

De hecho, ¿Sabéis quién era Ambroise Tardieu? Sí hombre sí, ese ilustrador francés que realizó una serie de dibujos en los que recogía las diferentes enfermedades mentales…pues bien, parece ser que Don Lázaro, gracias a su formación en Bellas Artes, en las mismas fechas en las que se publicaron esos dibujos en España, presentó sus propias ilustraciones basándose en los internos de su centro.  

Ambroise Tardieu, médico francés que realizó ilustraciones retratando síntomas de enfermedades mentales, al igual que Lázaro Rodríguez González

Los reconocimientos por su trabajo no cesaban, pero llegó la revolución de 1868, y Don Lázaro descubrió que el caciquismo, el revanchismo político y la mala baba, ya estaban inventadas.

Con el triunfo de la “revolución gloriosa”, es cesado como director del Hospital de Dementes y sustituido por Don Lucas Guerra Franco, sí, su archienemigo, ansioso por arrebatarle la silla de director desde hacía tiempo, aprovechó su cercanía a las ideas republicanas, frente a las conservadoras de Don Lázaro, para lograr su ascenso.

Enormemente molesto por su destitución y por la actitud revanchista de su sustituto, que se  aprovechó de sus proyectos e hizo todo lo posible por eliminar su memoria, Don Lázaro Rodríguez da un nuevo volantazo a su carrera y se lanza a abrir su propio sanatorio, el Manicomio de San Rafael.

El lugar que eligió era inmejorable, un inmenso edificio que se conocía como “Casa de la Orden”, situado en el número 3 de lo que hoy es la Calle Facultad de Medicina, que a pesar de estar en todo el meollo de Valladolid, era un lugar bucólico e ideal para la recuperación mental, al estar rodeado por el Esgueva y el Prado de la Magdalena.

Boceto del desaparecido Hospital de San Rafael

En cuanto a sus características, Don Lázaro Rodríguez aplicó su experiencia como director del Hospital de Dementes a su nueva empresa, dotando a su sanatorio de un enorme y tranquilo patio ajardinado, gimnasio, baños, sala de lectura, amplias habitaciones, salón de juegos…y una decoración con un lujoso mobiliario, además de contar con prestigiosos médicos y un buen número de enfermeros y asistentes, y un dato muy importante, y es que Don Lázaro y su familia vivían y trabajaban en el mismo centro, tratando a los internos como miembros de una gran familia.

Y sí, este hospital “olía a pasta”...

Preparado para acoger entre 70 y 80 enfermos, y aprovechando la inexistencia de centros de este tipo en la zona noroeste, junto a las buenas comunicaciones de Valladolid, este centro estaba destinado a familias pudientes que deseaban que su familiar enfermo estuviera en un lugar en el que fuera posible su sanación, y si no fuera así, que al menos viviera cómoda y dignamente.

Una vez asentado, Don Lázaro contrató a los “instagramers” de la época, los periódicos, para que apareciera algún artículo del Hospital de San Rafael, una publicidad que hoy día sería de dudosa legalidad, y que le dio buen resultado en cuanto a “captación de clientes”, pero que también provocó las afiladas críticas de su Moriarty particular, Don Lucas Guerra, quien, rabioso de envidia por los grandes resultados y elogios generalizados de los médicos y especialistas que visitaban su sanatorio privado, no dudó en declarar que el centro que él dirigía, el Hospital de Dementes, era tan bueno que no necesitaba hacer esa publicidad.

Este nuevo éxito, unido a su dilatada trayectoria, no solo le valieron a Don Lázaro González para ganarse el respeto y admiración de los especialistas de la época, también para recibir toneladas de medallas y honores, ser nombrado Presidente de la Academia de Bellas Artes de Valladolid, Concejal del Ayuntamiento en 1877… acabó siendo tal la cantidad de cargos los que acabó asumiendo, que se vio obligado a dejar la dirección del Hospital de San Rafael en manos de sus hijos.

Reglamente del Hospital de San Rafael, dirigido por Lázaro Rodríguez González

Ya en su plena madurez, cuando más debería de poder disfrutar de todo lo obtenido gracias a su trabajo y esfuerzo, la muerte le rodea, falleciendo sucesivamente su esposa, su tío, a quien le unía una estrechísima relación, su hijo mayor y su hermana, hasta que el 2 de diciembre de 1885, a los 64 años de edad, fallece este gran innovador de la salud mental.

El motivo por el que me he lanzado a escribir sobre Lázaro Rodríguez González, no es otro que el 50º aniversario del Centro Asistencial Doctor Villacián, un buen motivo para homenajear a todas aquellas asociaciones, fundaciones y profesionales de todo tipo, que, a pesar del cacareo sobre la salud mental de nuestros políticos, desarrollan su trabajo con una gran escasez de medios, tanto económicos como materiales, a fuerza de ilusión, vocación y amor por su trabajo.

Gracias a todos


Comentarios

  1. Como el (anónimo) autor no cita fuentes, una curiosidad: ¿es una investigación propia o sólo el resumen de un trabajo ajeno? Si, como sospecho, fuera el segundo caso, lo ortodoxo (y honesto) sería citar la procedencia. Intuyo que el origen de la información ofrecida aquí sea seguramente este:
    URREA, Jesús. 2025. "La casa de locos de don Lázaro Rodríguez González", ed. Diputación Provincial de Valladolid-Centro Asistencial Doctor Villacián, Valladolid, 2025.

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