Palacio de la Ribera
Justo enfrente de la Playa de Las Moreras, y aunque hoy pase prácticamente desapercibido, aún se pueden observar los restos del Palacio de la Ribera, símbolo del que probablemente fue el periodo más glorioso de nuestra ciudad.
Su historia empieza a inicios del siglo XVII, cuando Valladolid se convirtió en la sede de la Corte del Imperio Español, entre otras cosas, por esa costumbre tan española de forrarse a cuenta de las arcas públicas, cuyo gran precursor fue el famoso Duque de Lerma, algo así como el Jesús Gil de la época en cuanto a pelotazos urbanísticos se refiere.
El plan era muy sencillo.
Tras el incendio que asoló Valladolid en 1561, con la ciudad arrasada y con multitud de familias en la ruina, esta orilla del Pisuerga se convirtió en terreno abonado para oportunistas como el insigne duque, a quien se le encendió la bombilla y pensó que no estaría mal sacar tajada de la reconstrucción, así que aprovechándose de la situación de necesidad en la que se encontraban gran número de vallisoletanos, se puso a comprar solares a precios de saldo, y una vez que fue propietario de gran parte de la ciudad, convenció a su majestad Felipe III de lo conveniente que era dejar Madrid y hacer una pequeña mudanza un poco más al norte, a Valladolid.
El caso es que el Duque debió de ser muy persuasivo, porque el plan coló y el rey empaquetó sus cosas, cogió a su familia y se plantó en nuestra ciudad, al igual que el resto de cortesanos, artistas, aduladores y demás personas que deseaban pintar algo en la Corte Imperial, a quienes estaba esperando el de Lerma para venderles a precios astronómicos los mismos terrenos que había adquirido previamente, obteniendo de esta forma un jugosísimo beneficio económico.
Y hasta aquí la lección de especulación urbanística de hoy.

Retrato ecuestre de Francisco de Sandoval y Rojas, más conocido como el Duque de Lerma
Una vez en Valladolid, y tras el primer rejonazo del Duque de Lerma, todos estos cortesanos tenían que construirse una vivienda, y no podía ser cualquier cosa, sino que tenía que ser lo más lujosa posible para demostrar su estatus, y su católica majestad no iba a ser menos que nadie.
Fue ya en 1601, con los reyes ya en Valladolid, y alojados temporalmente en el Palacio de los Condes de Benavente, cuando se tomó la decisión de adquirir el más importante edificio civil de la ciudad, el actual Palacio Real, para utilizarlo como residencia oficial y “lugar de trabajo” del monarca, y de la misma forma que hoy muchos vallisoletanos tienen su casa en la gran ciudad y su casa del pueblo para descansar, también el rey necesitaba una segunda residencia que le permitiera desconectar de sus quehaceres diarios, así que se lanzó a la construcción de ese gran desconocido para muchos pucelanos: El Palacio de la Ribera.
Fue ya en 1601, con los reyes ya en Valladolid y alojados temporalmente en el Palacio de los Condes de Benavente, cuando se tomó la decisión de adquirir el más importante edificio civil de la ciudad, el actual Palacio Real, para utilizarlo como residencia oficial y “lugar de trabajo” del monarca, y de la misma forma que hoy muchos vallisoletanos tienen su casa en la gran ciudad y su casa del pueblo para descansar, también el rey necesitaba una segunda residencia que le permitiera desconectar de sus quehaceres diarios, así que se lanzó a la construcción de ese gran desconocido para muchos pucelanos: El Palacio de la Ribera.

Dibujo del Palacio de la Ribera de Valladolid, realizado por Ventura Pérez
Su ubicación era realmente privilegiada, la orilla del caudaloso Pisuerga, una zona bucólica y con gran vegetación, que permitía un relajante contacto con la naturaleza y disfrutar de unos veranos de lo más fresquito, y las dimensiones del lugar en el que se construiría iban a ser descomunales, un terrenito de nada que iba desde el Puente Mayor hasta el actual Museo de la Ciencia, y desde el cauce del Pisuerga hasta el llamado Paseo del Monasterio del Prado.
Y nosotros tan contentos con un par de metros cuadrados para plantar unos tomatitos…
Desde entonces, a este enorme espacio se le llamó Huerta del Rey, aunque en un principio se le llamó Huerta del Duque... por una razón muy simple: el Duque de Lerma había adquirido previamente esos terrenos a un módico precio para posteriormente revendérselo a Su Majestad.
Al de Lerma no se le escapaba ni el rey…
Una vez arreglada la venta de los terrenos, en 1602 comienzan las obras de construcción del Palacio de la Ribera con el trabajo de Francisco de Mora, al que se le unió un auténtico “Dream Team” compuesto por Diego de Praves, Juan de Nates y Bartolomé de la Calzada, y en tan solo tres años, consiguieron levantar una impresionante mansión digna del rey que la iba a habitar.
El palacio resultante, de estilo renacentista italiano y con el marcado toque clasicista típico de los Austrias, se construyó en una pequeña elevación para evitar las habituales crecidas del Pisuerga, eligiéndose una orientación perpendicular a la corriente del río, colocándose la entrada principal en el antiguo Paseo del Monasterio del Prado, lo que hoy es la Avenida de Salamanca.
En cuanto a su distribución exterior, el pabellón principal miraba hacia el norte, donde desde las treinta y cuatro ventanas de su fachada, se podía ver un patio cerrado con tres galerías y soportales, mientras que al sur se construyó otro edificio, este más pequeño, con cinco puertas y una veintena de ventanas, que contaba con su propio jardín, además de tres balcones orientados al Pisuerga. En la unión de ambas construcciones, los arquitectos reales instalaron una torre con remate en chapitel para que el rey pudiera observar sus dominios a este lado del río.
Plano de situación del Palacio de la Ribera de Valladolid realizado por Ventura Seco en 1738. La imagen está sacada de la muy recomendable página www.valladolidweb.es 
El aspecto exterior de este palacio debía de ser imponente, pero por dentro no se quedaba atrás.
Su interior contaba con un zaguán y un muy cristiano oratorio, y se distribuía en cuatro dormitorios en la planta baja y otros tres en la planta superior, además de varias habitaciones utilizadas por el servicio o con una función de paso, y una escalera principal.
Sobre la decoración, los techos estaban cubiertos con pinturas decorativas, y en sus paredes se podían ver obras de Carducho, Andrea del Sarto, Tiziano, Rafael, Basano, y una parte importante de la colección de retratos reales, es decir, el álbum de la familia, entre los que se encontraban obras de Pantoja de la Cruz y Rubens.
Como detalle curioso, contaros que el artista flamenco conoció nuestra ciudad y este palacio, ya que en el año 1603 se encontraba en Valladolid como embajador del Duque de Mantua…pero eso es una historia que os contaré otro día.
Otro detalle llamativo de este palacio era que el Duque de Lerma, como ya había hecho en el palacio que se hizo levantar en su localidad natal, y tal y como se llevaba en Italia, proyectó una serie de pasadizos ocultos al más puro estilo de película de Indiana Jones, que uniera el Palacio de los Condes de Benavente, lugar donde residió temporalmente Felipe III, con el Palacio de la Ribera, a fin de evitar posibles disgustos reales en caso de altercados, desórdenes o atentados, un pasadizo que se corresponde con la actual Calle San Quirce, y que finalizaba en un embarcadero por el que se cruzaba a la otra orilla del Pisuerga.
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Reproducción del Palacio de la Ribera desde el espolón nuevo, con el Puente Mayor a la derecha, realizado por Ventura Pérez en el siglo XVIII
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Por si fuera poca la vegetación del Pisuerga, y siguiendo el estilo italiano de la época, los arquitectos reales diseñaron unos jardines donde predominaban los agradables paseos, delimitados por parterres adornados con fuentes y estatuas, bancos, y plantas seleccionadas con gran cuidado para su decoración, un conjunto de gran lujo al que se le unía un elemento muy especial y al alcance de muy pocos: una enorme pajarera poblada por aves exóticas, traídas desde los puntos más lejanos del territorio que ocupaba el Imperio Español, y se puede decir que albergó el primer zoológico de Valladolid, ya que en este recinto se podían ver, entre otros animales, leones y camellos.

Grabado de la Fuente de Baco que se encontraba en los jardines del Palacio de la Ribera de Valladolid
Como dato curioso de este vergel castellano, tengo que contaros que lo más destacado de este jardín, la gran fuente en la que se encontraba la escultura “Sansón matando a un filisteo”, del artista italiano Giambologna, sigue viva a día de hoy, aunque repartida entre Aranjuez y Londres.

Grabado de la escultura "Sansón matando a un filisteo" que se encontraba en los jardines del Palacio de la Ribera de Valladolid
Como os podéis imaginar, mantener todo este vergel en medio de castilla requería grandes cuidados y, sobre todo, un constante y abundante suministro de agua.
Para solucionar este importante problema, el ingeniero Pedro de Zubiaur instaló un sistema hidráulico muy novedoso, gracias al cual se bombeaba desde el Pisuerga todo el agua necesario para el mantenimiento de los jardines, el arbolado, así como a las huertas de este recinto, un ingenio al que se unía un moderno sistema de distribución para que este agua llegara a todas las zonas en la cantidad apropiada.
Otro punto en el que los arquitectos reales tuvieron que pensar, fue como poner en funcionamiento la importante infraestructura necesaria para abastecer la segunda vivienda de su majestad…porque no era tan fácil como parar en Mercadona y llenar el maletero de productos Hacendado.
Como ya sabéis, el único puente que existía en Valladolid a principios del siglo XVII era el Puente Mayor, una vía insuficiente para cubrir el gran número de mercancías que exigía el mantenimiento del Palacio de la Ribera, por eso, a orillas del Pisuerga se construyeron dos embarcaderos, uno a la altura de San Quirce, y el otro justo enfrente, en el cual, además, se construyó una torre cuadrada de madera, cuya parte superior se adaptó con ventanas y persianas para que hiciera las funciones de mirador y, sobre todo, de cenador.
Y ahora sesión de meditación guiada…imaginaos en plena ola de calor, rodeados de vegetación, todo paz y tranquilidad, recostados en un lugar fresquito sobre el Pisuerga…a quien no le iba a apetecer cenar allí, ¿Verdad?
Volviendo a los embarcaderos a través de los cuales se abastecía al Palacio de la Ribera, en ellos no solo atracaban gran número de góndolas y galeras de mercancías, sino también multitud de lujosas embarcaciones utilizadas para el transporte de las importantes personalidades que visitaban a su majestad, y sobre todo, la “San Felipe”, la impresionante galera real, azul y blanca, que surcaba las aguas del Pisuerga a mayor gloria de Felipe III.
Vamos, que el ambiente en el Pisuerga debía de ser increíble…de hecho, era tan espectacular que se llegó a planear hacer navegable el Pisuerga hasta el Monasterio del Prado, incluso más allá, en concreto hasta Zamora, pero la vuelta de la Corte a Madrid truncó este proyecto.
Como os he ido contando, el fin del Palacio de la Ribera era principalmente de recreo, y tanto el Rey como su corte le sacaron todo el jugo posible.
Dentro del recinto se celebraron muchas y variadas fiestas taurinas, principalmente corridas ordinarias, muy similares a las celebradas hoy día, aunque también tenían lugar otros espectáculos menos comunes, como luchas entre toros y leones, o los llamados “despeños”, una suerte con gran éxito de público en la que se conducía el toro al río, y una vez en el agua, se le alanceaba desde barcas.
Además, como buenos reyes, su majestad era muy aficionado a la caza, por lo que una parte de la finca se transformó para ser usada como bosque de caza para que Felipe III pudiera disfrutar llevándose a casa jabalíes, conejos o aves.
El otro gran centro de ocio para el rey y su séquito fue el propio río Pisuerga.
Desde su palacio, Felipe III disfrutaba de la increíble panorámica que debía de tener el Valladolid de la época, una ciudad llena de iglesias, palacios y casonas, y de un Pisuerga con gran trasiego de embarcaciones de todo tipo y clase, pero lo que de verdad le atraía era la multitud de eventos y festejos que se celebraban en las riberas de nuestro río, en especial las naumaquias, que eran recreaciones de batallas de barcos que además de a Felipe III, atraían a multitud de vallisoletanos.
Dentro de la multitud de eventos organizados en este entorno, uno de los más recordados fue la primera inmersión de un buzo, hecho memorable acaecido en las aguas del Pisuerga en 1602.
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| Pintura realizada bajo el Puente de Poniente que conmemora la gesta de Jerónimo De Ayanz y Baumont, que dicho sea de paso, no estaría mal que se restaurara... |
Sin embargo, el paso de la Corte por Valladolid fue breve, y con la vuelta de los reyes y su séquito a Madrid, nuestra ciudad decayó y este palacio comenzó un lento e inexorable declive.
Durante el siglo XVII se realizaron obras de acondicionamiento con motivo de las visitas a nuestra ciudad de Felipe IV (1660) y de Carlos II (1690), y posteriormente no se dejaron de llevar a cabo gran número de trabajos de mantenimiento, una labor costosa e insuficiente dada la gran extensión del terreno, la superficie de las edificaciones, y la delicadeza de lo que el Palacio de la Ribera albergaba, y de esos polvos llegaron los lodos del siglo XVIII, cuando debido al ruinoso estado del mismo, en 1761 Ventura Rodríguez aconsejó su demolición, lo que finalmente ocurrió.

Escultura "Sansón matando a un filisteo" que se encuentra en el Victoria and Albert Museum de Londres
Previamente, las obras de arte y lujosos materiales usados en el palacio fueron repartidos por diferentes puntos, no solo de Valladolid, sino también de España y del mundo. Así, actualmente las obras de arte del Palacio de la Ribera se encuentran esparcidas, entre otros lugares, en el Palacio Real y el Museo del Prado, los restos de la famosa fuente del jardín acabaron dispersándose entre los jardines reales de Aranjuez y el Victoria and Albert Museum de Londres, las piedras y azulejos fueron utilizados para restaurar otros palacios, entre ellos el Palacio Real, una de las puertas de la Huerta del Rey se colocó en el Monasterio de San Benito… incluso las piedras calizas de sus cimientos se convirtieron en cal.

Imagen del estado en el que se encuentran los restos del Palacio de la Ribera en la actualidad
Ha sido ya en 2015, gracias al trabajo de desescombro y limpieza de maleza encargado por el Ayuntamiento de Valladolid, cuando se ha conseguido recuperar algo de la memoria de lo que fue este lugar, abriéndose una senda de aproximadamente 300 metros junto al Pisuerga, justo en el lugar donde se encontraría el embarcadero con frma de torre, donde se puede ver lo único que no fue destruido o reutilizado, dos muros de la cimentación, uno de piedra y otro de ladrillo, y una estancia construida también en ladrillo.

Imagen del estado en el que se encuentran los restos del Palacio de la Ribera en la actualidad
Por desgracia, auténticos cabestros han destrozado el lugar, pero os animo a dar un pequeño paseo por esa senda para sentir de cerca una de las épocas más gloriosas de Valladolid.




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